Un jueves gris, las nubes ya no podían resistir las lagrimas del dolor acumulado hace ya meses. Una silueta caminaba por el estrecho camino dibujado por las manos gloriosas del hombre, en un callejón que se daba para pensar las cosas más terribles que pueden caber en la mente humana. A su paso dejaba con colores lo que la melancolía de las personas teñía en el lugar. Inundaba con esperanzas los corazones de la gente que creía en él, y la que no veía en él nada más que una silueta con una manta que cubría su rostro, no le eran indiferentes, ya que en su alma no había rencores ni odio.
Para unos era la salvación, para otros no era nadie.
Se decía que tenía poderes, o quizás un pacto con el innombrable, pero al fin y al cabo para todos no cabía duda que no era un ser humano normal, que se clavaba en su piel como algo más que una inyección de un sabio, era como si un nuevo sentir fluyera por la sangre, un sentir que hacía latir con amor al corazón. Al final del camino ya repleto de color, la silueta desaparecía... se desvanecía como diminutas partículas flotantes que se iban al cielo, que ya estaba celeste y resplandeciente con los rayos de luz que brotaban de un sol magnifico nunca antes visto, este precioso paisaje no era más que una distracción para que la curiosa e inolvidable aparición de la silueta se fuera como llegó; con ninguna mirada ajena sobre ella.

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